Suscribirse a Sindicar
Testimonios de cuerpos oprimidos: dos visiones del arte feminista

Irene Ballester Buigues nos enseña cómo la mexicana Lorena Wolffer y la peruana Natalia Iguiñiz, a través de su arte y su activismo, dan voz a quienes son callados a la fuerza. En un caso se trata de una campaña de visibilización de testimonios de habitantes del estado de Guerrero (México) respecto a la masacre de los 43 estudiantes de Ayotzinapa; en el otro vemos cómo un afiche se convierte en una poderosa herramienta política que denuncia las violaciones de mujeres y niñas quechuas durante la guerra civil que asoló Perú entre 1980 y 2000

 Irene Ballester Buigues — Feminicidio.net — 16/04/2015 

 

España, Valencia - Lorena Wolffer (México D. F., 1971), a través de su labor como artista, feminista y activista, da voz en su trabajo a los invisibilizados e invisibilizadas, que no invisibles, por el estado patriarcal, el mismo que institucionaliza públicamente la agresión a los más desfavorecidos y desfavorecidas, así como la violencia continua a los cuerpos de las mujeres.

 

El 26 de septiembre del año 2014 la opinión internacional se escandalizaba tras la noticia que desde México ocupaba todos los titulares: la desaparición forzada y posterior masacre de 43 estudiantes de magisterio egresados de la Escuela Rural Normal en la población de Ayotzinapa, estado de Guerrero, un estado mexicano que arrastra una larga historia de pobreza, violencia y caciquismo. En la ciudad de Iguala, adonde llegaron los normalistas a manifestarse en favor de su escuela, en la que prima la labor de ofrecer mayores oportunidades a las comunidades más pobres de México para poder acceder a una educación que ayude al mejoramiento de sus vidas, la barbarie y la violencia fueron llevadas al extremo con la finalidad de tener las protestas bajo control. Y es allí donde los normalistas fueron atacados con la misma saña con la que el narco asesina a miembros de cárteles rivales. La operación de exterminio concluyó con la quema y la posterior desaparición de los cadáveres de los normalistas en el basurero de Colula, al mismo tiempo que el miedo se apoderaba de este estado mexicano.

 

Según la ONU, gran parte de las desapariciones forzadas en México son generalizadas y quedan impunes, ya que, lamentablemente, en la mayoría de las ocasiones, como en el caso de los estudiantes normalistas, no se sabe si estos crímenes atroces se deben a la mano oscura del narco, a algún cuerpo policial, a militares, o a la combinación de todos ellos.

 

Aún vivos, los cuerpos de los estudiantes normalistas de Guerrero pasaron a ser  campos de batalla desde los que luchar en favor de sus derechos y por la supervivencia de la educación en las áreas más pobres de México. La desaparición forzada de todos ellos ha supuesto la pérdida de visibilidad de ese cuerpo que lucha contra lo normativo, contra lo establecido y, también, contra la jerarquía. La presencia física de todos ellos ha sido extinguida por la barbarie caciquil y autoritaria. Pero el testimonio, y con ello la voz, la denuncia, está presente, y permanece visible. A través del proyecto Testimonios de Guerrero, Lorena Wolffer ha iniciado una campaña de visibilización de testimonios de hombres y mujeres que residen en el estado de Guerrero. Comenzado el proyecto tras la masacre de los estudiantes de Ayotzinapa, dichos testimonios, publicados a través de Facebook, otorgan voz a quien no la tiene; otorgan presencia a la voz apagada por el miedo, introduciéndose otras narrativas nacionales que denuncian, frente a lo hegemónico, frente a lo narrado únicamente en prensa o visto a través de la televisión. Porque la voz es lo único que queda, pasando a convertirse en la herramienta a través de la cual empoderarnos y hacer visible lo invisibilizado. Y esa voz se corresponde con los testimonios de la gente del lugar, de la gente de Guerrero, que tiene miedo tras lo sucedido porque las versiones oficiales emitidas por el estado mexicano difieren de la situación en la que estaban inmersos estos estudiantes que reclamaban mejoras para la educación normalista de Guerrero. El estado mexicano ha exterminado la voz de estos estudiantes, al mismo tiempo que es progresiva la falta de apoyo a la enseñanza en las escuelas rurales. México ocupa la última posición entre 34 países que son evaluados por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en las áreas de matemáticas, lectura y ciencia[1]. Lo que ha sucedido en Ayotzinapa es la punta del iceberg, pues México es un país que en la actualidad está inmerso en una guerra contra el narcotráfico que ha normalizado e institucionalizado la violencia. Y esto no es nuevo, puesto que la matanza de estudiantes en la plaza de Tlatelolco el 2 de octubre de 1968 todavía tiene muchas preguntas por responder, así como los feminicidios en las fronteras mexicanas; ambos todavía impunes.    

 

 

 

Los testimonios de las víctimas han atacado lo hegemónico, lo normativo y también lo institucionalizado; y, a través de los mismos, se ha puesto de manifiesto la vulneración de los derechos humanos de hombres y mujeres, especialmente en América Latina. En Perú, la artista Natalia Iguiñiz (Lima, 1973), a través de un afiche político pegado en las calles de Lima durante el año 2004 en el que se leía: “Mi cuerpo no es el campo de batalla”, denunció que muchas mujeres y niñas quechua habían sido violadas por parte de los paramilitares y guerrilleros de Sendero Luminoso durante el conflicto armado que asoló el país desde 1980 hasta el año 2000. Doblemente invisibilizadas, por ser mujeres y por ser indígenas, a través del afiche se les exigió a las fuerzas armadas peruanas que pidieran perdón a las niñas y mujeres violadas, tratadas como botines de guerra. Natalia Iguiñiz presentaba en las calles un afiche con la silueta en negro de una mujer indígena de los Andes centrales con los brazos y las manos extendidos en señal de indefensión, sobre un fondo de tonos verdes de camuflaje militar, mientras que un reguero de sangre roja parecía brotar de sus partes íntimas, en alusión a las víctimas sometidas a diferentes abusos sexuales. La silueta en negro de la mujer quechua hacía referencia al anonimato de todas ellas como víctimas de violaciones, indefensas ante la política del estado, y ante la sociedad que las marcó y que posteriormente las llegó a excluir de sus comunidades. Ante la situación de indefensión y desamparo, optaron en la mayoría de los casos por no denunciar las violaciones, por miedo a posibles represalias, y por la vergüenza a ser señaladas por sus amigos y familiares, lo que favoreció el silencio y la impunidad ante los perpetradores.

 

Los testimonios son esenciales para el activismo político y artístico. Tanto para Natalia Iguiñiz como para Lorena Wolffer, las calles y las redes sociales se han convertido en una plataforma desde la que mostrar a la opinión pública el uso tanto de la violencia institucional y política como de la violencia sexual. Ambos trabajos están orientados a denunciar y a involucrar la acción ciudadana con la finalidad de promover su participación en el asentamiento de la democracia en países con democracia formal restringida. Por lo tanto, sus trabajos se convierten en intervenciones públicas que generan reacciones participativas subvirtiendo los silencios institucionales, y cuyas repercusiones en la opinión pública no dejan indiferente a nadie, ni en las redes sociales ni en la calle.  

 

 

 

 

 

 




[1] Arteaga, Roberto; Muciño, Francisco: “La historia no contada de Ayotzinapa y las Normales Rurales” 

http://www.forbes.com.mx/la-historia-no-contada-de-ayotzinapa-y-las-normales-rurales/

8-4-2015

Países: 

Artículos relacionados

Añadir nuevo comentario

Geo Feminicidio