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Laura González, quemada viva por ser mujer

En el registro de la memoria histórica de las mujeres asesinadas por violencia machista late el recuerdo de Ana Orantes, quemada viva por ser mujer hace 18 años. Esta vez el acto de quemar viva a una mujer fue en público y el crimen nos transmite otros mensajes. Triste e indignante que pase casi inadvertido para los medios de comunicación, que cumplen un rol clave en la prevención y sensibilización de la violencia de género

 

 

Graciela Atencio – Feminicidio.net – 11/07/2015

 

España, Madrid - Hemos de contarle a Hestia cómo apagamos el otro fuego. Por algo será que la antigua diosa griega yace inclinada en un resquicio de nuestra memoria ancestral. Ella encendía y conservaba el fuego de los hogares y de los templos, personificaba a la Madre Tierra y su calor sostenía la vida.

 

Hemos de preguntarle a Hestia en qué momento de la genealogía humana los hombres le arrebataron el fuego y comenzaron a utilizarlo para exterminar a las mujeres.

 

Las imágenes se repiten y siguen un patrón, una serialidad que no es la de los asesinos seriales sino la de la naturalización de la violencia de género, traducido en esta época también como indiferencia social en la cultura patriarcal. La historia llega a nuestros días reciclada, revestida de nuevas formas que emulan la quema de brujas, que no comenzó con la Inquisición, aunque sepamos que aquello fue también un genocidio de mujeres, institucionalizado por el Estado y la Iglesia, y que desde la teoría feminista y el derecho hoy se denomina feminicidio, el asesinato misógino de mujeres cometido por hombres. La eliminación de las mujeres a través de persecuciones masivas, acusadas de practicar la brujería por ejercer de matronas, curanderas, sanadoras o simplemente poseer una sexualidad femenina ajena a lo permitido por la normatividad religiosa de la edad media, fue un movimiento político diseñado para dejar libre el camino a la dominación masculina.

 

Los hechos se sitúan a finales del siglo XX, Granada, una mujer confiesa en televisión ante miles de espectadores (como si la violencia machista también fuese un espectáculo y un entretenimiento) que sufría maltrato a manos de su exmarido con el que había estado casada 40 años. Al final de la entrevista dirá: “Estoy enterrada en vida”. A los poco días, el 17 de diciembre de 1997, fue quemada viva en el patio de su casa por José Parejo Avivar.

 

Ana Orantes marcará un antes y un después en este orden simbólico. Su muerte nutre la memoria histórica de las mujeres asesinadas por violencia de género en España en un revulsivo colectivo “¡Basta ya!”. Y el basta ya llegó con la Ley Integral 1/2004.

 

 

Pero no es suficiente. Un día después del feminicidio de Laura González, debemos dar otros pasos en la lucha contra las violencias machistas. Seguir avanzando y buscar todo lo que esté a nuestro alcance para evitar estos crímenes.

 

Dieciocho años después del asesinato brutal de Ana Orantes, un 10 de julio de 2015, el patrón se repite en Santa Cruz de Tenerife. Y no han sido 40 años de maltrato, ni en el patio de una casa. Esta vez el acto de quemar viva a una mujer es público. Como sostiene la socióloga e investigadora María Pía López, algunos feminicidas construyen una escena pedagógica del crimen, matan delante de otros y otras. Envían un mensaje, no actúan solos, como también expresa la antropóloga Rita Laura Segato. Probablemente, están acompañados por sus atavismos patriarcales, por ese permiso presente en un imaginario que avala este tipo salvaje y brutal de asesinato de una mujer por ser mujer. Estos feminicidas también están acompañados de una construcción social de la víctima y del victimario en la cultura popular actual. El terrorismo machista tiene pautas marcadas bastante claras si no el patrón no se repetiría. Este tipo de terrorista (el más numeroso en la faz de la tierra) como David Batista, que ayer quemó viva a su expareja Laura González, de 27 años, alecciona a todas las que se sienten presas de ese terror: ¿se imaginan como se siente cada una de las mujeres amenazadas ahora mismo por el terrorismo machista que se ha enterado de este feminicidio? Los terroristas machistas con estos actos conectan con la fratría misógina, no vaya a ser que pierdan esa identidad masculina vinculada al derecho de matar mujeres, como si el feminicidio alimentase una fortaleza del patriarcado que no se puede romper aunque se resquebraje día tras día. Las mujeres representamos para ellos la amenaza de su caída y también el campo de batalla donde se libra la melancolía por volver al pasado, en el que no había ni leyes de violencia de género, ni clamor popular contra el feminicidio, ni mujeres, como Laura González, que había conseguido un nuevo trabajo en una tienda un mes atrás y que sabía que su autonomía la liberaría de su maltratador.

 

La representación del mito se singulariza y a su vez se multiplica en infinidad de espejos: la violencia de género se vuelve invisible. En la mitología popular las mujeres son quemadas porque se lo merecen. O “se lo buscaron”, podemos leer entre líneas de una noticia policial emigrada de viejas tragedias conocidas o de masculinistas que festejan un asesinato machista en las redes sociales. La narración que los periódicos y telediarios reproducen de la información sobre el brutal feminicidio de Laura González, escarba en la mitología popular. La indiferencia ante este crimen bárbaro, que ha pasado casi inadvertido por los medios de comunicación, responde a la misoginia como mentalidad social sobre la que se sostiene el patriarcado en parte de su estructura: mujer-bruja-mala. Los medios invisibilizan la barbarie que permite que se repita el patrón: ¿cuál será la siguiente?

 

Hombres que queman vivas mujeres en lugar de símbolos. Sería mejor que quemaran solo el lenguaje, donde el único peligro es subvertir el uso del fuego y cambiar el antiguo orden simbólico.

 

A aquellas mujeres que tendemos a deshabitar la colonización interior o nos hemos propuesto sembrar otros registros simbólicos sobre tierra arrasada no nos sorprende que esta caracterización del mal focalizado en los cuerpos de las mujeres siga vigente en el siglo XXI y que los medios de comunicación se encarguen de sostenerlo. ¿Cómo ahuyentar ese nihilismo, ese cuchillo que intenta matar la posibilidad de imaginar y construir otros modos de vida en los que no haya lugar para la violencia patriarcal?

 

Hemos de contarle a Hestia que parte del ideario feminista consiste en apagar el otro fuego, el de los hombres que queman vivas mujeres por ser mujeres.

 

Descansa en paz, Laura González, quemada viva por ser mujer en el siglo XXI, en una isla de Europa del sur.  

 

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