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La doble muerte de quienes se querellan contra el franquismo

 

La vida de los muertos habita en la memoria. Sin embargo, hasta esa memoria puede matarse, como ocurre con las y los muertos del franquismo. La Querella Argentina trata de evitar la doble muerte a través de la justicia. Las y los querellantes que luchan por probar un genocidio cada vez son más estos muertos sin vida. Durante este proceso, iniciado en el 2010, querellantes como Félix Padín, María Martín, Dolores Cabello o Antonio Tomás han muerto, pero su voz sigue viva gracias a las abogadas y activistas por la memoria histórica

 

 

Ana Viqueira / Diseño: Francisco Gatica — Feminicidio.net — 03/06/2015

 

España, Galicia - La vida de los muertos habita en la memoria. Una voz dentro de una persona, individual, o de un pueblo, tan colectiva que es capaz de rozar la idiosincrasia. Sin embargo, a veces, como ocurre con las y los asesinados por la dictadura franquista, hasta esa vida se mata. La Querella Argentina trata de evitar la doble muerte a través de la justicia. Las y los querellantes contra los crímenes franquistas que luchan por probar un genocidio cada vez son más estos muertos sin vida. Las abogadas y activistas por la memoria histórica cada vez son más la voz de muchas y las manos de todas. Durante este proceso de ajustamiento popular, iniciado en el 2010, personas como Félix Padín, María Martín, Dolores Cabello o Antonio Tomás han muerto; pero su voz, no.

 

"Cuando mueren... yo sé que los que están en contra de la Querella Argentina piensan que con la muerte se cierran las heridas. Pero a las nietas se nos abre una nueva herida porque no se nos reconoce nada, porque mira cómo estamos. Es una nueva herida". 

 

María Antonia intenta resumir qué implica la muerte de quienes denuncian los crímenes cometidos por la dictadura franquista. Ella pertenece a un colectivo que lucha por la recuperación de la memoria histórica en Mallorca. En la isla, que en la década de los 30 tenía alrededor de 200.000 habitantes, “asesinaron a 1.600 personas y las prisiones se llenaron”. En 2012 presentaron 25 querellas por 30 víctimas dentro del proceso judicial argentino. María Antonia matiza que allí no hubo frente de guerra, que las muertes fueron “asesinatos, asesinatos”.

 

En estos últimos años han muerto dos querellantes. Una de ellos, Dolores Cabello Frau, denunciaba el asesinato y desaparición de su abuelo paterno.

 

Francisco Cabello: uno de los 140.000 desaparecidos a manos del franquismo 

Setenta y ocho años después de su desaparición forzosa, sus amigos y familia todavía no han podido encontrar a Francisco Cabello. Saben que fue detenido en su domicilio de Ca'n Pastilla, en Palma, durante los primeros días del Golpe de Estado y que lo condujeron por varias prisiones, como la de Estaciones (Can Mir) o la cárcel del Castillo de Bellver. En ésta última permaneció hasta enero de 1937, cuando lo llevaron a las dependencias de la Inspección de Policía, situada en la plaza de Santa Magdalena de Palma, y a cargo de Francisco Barrado Zorrilla. Los allegados de Francisco saben por los vecinos que durante esos días se oyeron gritos y fuertes altercados en las dependencias policiales; y que, en el mismo lugar, se elaboró una lista de personas a las que supuestamente iban a liberar. Sin embargo, una vez en la calle fueron apresadas por grupos de falangistas que les obligaron a subir, maniatados y a empujones, a camiones “para conducirlos a lugares desconocidos con el propósito de asesinarlos”, detallaba Dolores Cabello en la Querella contra los crímenes del franquismo. Dolores falleció en junio de 2013 sin poder encontrar el cuerpo de su abuelo. Tras su muerte, su hermana tomó las riendas del caso.

 

Es importantísimo que las personas lleguen a declarar ante un juez. Los delitos que se han cometido no deben quedar sólo en un libro, sino entrar en los juzgados. “Han cometido crímenes”, incide María Antonia.

 

Francisco Tomás: la violación de los derechos humanos de los familiares de desaparecidos 

Meses después, en septiembre de 2013, murió Antonio Tomás, que había entrado en la Querella Argentina para denunciar el asesinato de su padre, Francisco Tomás, con las siguientes palabras:

 

“Mi padre era el bibliotecario de la Casa del Pueblo de Palma. Yo tenía solamente 5 ó 6 años, pero recuerdo perfectamente que antes del golpe de Estado éramos muy felices. Mi hermano, que tenía 14 años, se fue a las Olimpiadas Populares de Barcelona, en julio del 36, y allí le pilló el inicio de la Guerra. Consiguió escapar a Francia y le recluyeron en un campo de concentración. Consiguió volver, pero ya nunca más volvió a ser el mismo, aquel chico lleno de alegría que quería ser actor.

 

Cuando empezó la Guerra, mi padre se refugió en la casa de su madre, mi abuela, pero poco después fuimos a vivir todos juntos a una casa de la calle Ballester y se escondió en la parte trasera de la vivienda. Recuerdo a mi madre por las noches quemando papeles. Un día vinieron unos policías y amenazaban a mi madre. Cuando mi padre lo oyó, salió del escondite y le detuvieron. Le encerraron en la cárcel de Can Mir, ellos la llamaban prisión Estaciones porque estaba junto a la estación de tren de Sóller. Era un antiguo almacén de maderas. Ahora es un cine, la Sala Augusta.

 

Nos mandó una primera carta el mes de octubre de 1936 y la última, el día 17 de marzo de 1937. Aquella noche le mataron. Mi madre me contó que estaba esperando delante de la cárcel para que le permitieran entregar un paquete con comida para mi padre. Entonces vio que del patio de la cárcel salía un camión cargado con hombres. Uno de ellos era mi padre. Se puso a correr detrás del vehículo. Llegó hasta la plaza de Santa Magdalena, el camión se paró frente a la comisaría de policía. Sabía que iban a interrogarles. Algunos hombres bajaron, pero mi padre, no. Intentó acercarse, pero había gente que lo custodiaba y se lo impidieron. Estuvo esperando hasta que de nuevo se puso en marcha. Mi madre fue a informarse a la iglesia del Cristo de la Sang y allí le dijeron que iba directo hacia el pueblo de Porreres, que en aquellos días equivalía a decirle que iban a matarle.

 

Era ya muy tarde. Mi madre volvió a casa y se tiró encima de la cama llorando. Recuerdo que gritaba mucho y que se ponía el cojín en la boca; que golpeaba la cama con todas sus fuerzas. Mis hermanos y yo la mirábamos sin comprender nada, y también llorábamos.

 

Mi madre buscó a mi padre por cualquier sitio. Consiguió llegar hasta Porreres, a una iglesia que hay al lado mismo del cementerio, pero nunca consiguió averiguar el paradero de su marido. Pobrecita, iba de cementerio en cementerio. A mi madre le devolvieron una carta que ella había mandado a mi padre el día 18 de marzo.

 

Nos ayudaron unos amigos de mi padre, la familia de los conserjes de la Casa del Pueblo. Nos acogieron en su casa cuando ya no teníamos adonde ir, y eso que también ellos estaban preocupados porque su padre y su tío, Lorenzo y Miguel Morey, estaban también escondidos. A su madre, anciana, la encarcelaron, y con frecuencia le enseñaban hombres torturados y/o asesinados para que denunciara a sus hijos.

 

Mi madre murió esperando a su marido y yo, ya mayor, con 83 años, sigo buscando a mi padre”.

 

Como Antonio, hay miles de personas que se mueren buscando a sus familiares desaparecidos durante la dictadura franquista. La situación de desaparecido indefinido, sin el deber restaurativo del Estado, supone una violación de los derechos humanos de los familiares de los desaparecidos, que son victimizados por la desaparición y la espera de su desenlace causando efectos psicológicos que pocas veces han sido reconocidos ante la justicia. Sólo uno ha conseguido hacerse conocido: el caso de Srebrenica, donde asesinaron y enterraron en fosas a más de 8.000 bosníacos. El número de desapariciones entre el Golpe Militar y el franquismo es diecisiete veces mayor a la cifra de Srebrenica.

 

“Nos niegan hasta la verdad”

María Martín ha sido una de las mujeres más simbólicas de la lucha por la verdad y la memoria por llevar en su piel los crímenes más representativos del franquismo. Tan sólo era una niña cuando su madre fue asesinada por los falangistas y enterrada al pie de una carretera, y su padre, constantemente represaliado. A lo largo de su juventud fue purgada con aceite de ricino y guindillas. En 1963 dio a luz a una niña a la que nunca vio, y siempre sospechó que le fue robada en una clínica de Madrid. María Martín murió en julio de 2014. Tres meses después, el histórico militante de la CNT Félix Padín falleció tras haber podido relatar a la jueza argentina María Servini sus vivencias como prisionero en un campo de concentración en donde sufrió vejaciones y trabajo esclavo. Padín formó parte de las Juventudes Libertarias y, con el golpe de Estado, luchó como sargento y teniente en los batallones Isaac Puente y Durruti de la República española.

 

"La dictadura franquista se lleva ante la justicia por los crímenes que ha cometido. Sí. ¿Y lo que estamos sufriendo nosotras ahora? Sin ningún reconocimiento, con obstáculos... nunca obtuvimos resultados en ninguna puerta. Por eso, creo que se debe presentar una querella contra el Estado español. Nos niegan hasta la verdad".

 

 

 

 

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